Hace frío y el cielo está gris, aquí el sol no hace falta.
- Pero que no, los tipos dele y dele con las pavadas esas de la seguridad vial y la reproducción de los arácnidos y la vida del cornudo de Saavedra – intento recordar haber visto algo así de chico pero se me complica – después se quejan de lo taraditos que estan saliendo los pibes, qué querés.
Querer, nada, pero al llegar al puente juro que rezo calladito que pase un tren y diez segundos después pasa, lo que a mi ateísmo le pega en el mentón y a mi sensibilidad bajo la cintura. Estamos entrando a una película, reconozco, y ahí, entonces, la veo, ahí aparece la mítica esquina.
Permanecemos en silencio, esperando nada, aquello impide que hablemos por sola presencia, como ver al ministro en un vestuario o a la modelito en el subte.
- Esta esquina tiene más fuerza que dos maremotos juntos – lo veo, entonces, que se acerca y me señala ubicaciones en el piso, poseído, exacto, le falta pegar los papelitos – ahí, exactamente una baldosa más de donde estas vos, se sentaba Marconi, doblado, el flaco, con la cabeza a un costado, el bandoneón como de última, llorándola – la vive, la recrea, es Marconi – y acá, justito acá, estaba Cassius Clay, Luis quince, ponele el nombre que quieras, acá justo donde estoy ahora yo. Carajo.

Se emociona y lo deja ser.
- El polaco – termino yo.
- Quién otro, mi viejo – se seca una tímida lagrima que empezaba a rodarle la mejilla con un pañuelo, tose, herido, y rápido vuelve – pero no hay caso, ché, dos miau a lo lejos y la pendejada toda decreta que el pasado es una bolsa de gatos y chau pinela. – se arregla el pelo y aleja la vista, tranquilo - Se lo pierden.
No habla de un cantor y lo sé, tampoco de dos tangos y sé también.
Adoquinadas, nuestras huellas, se pierden bajo el antigüo puente donde el eco lo logra todo. No tengo ganas de discutirle nada, estoy demasiado golpeado como para golpear. De repente, empieza a correr en zigzag.
- Lo tenés a Lito a las corridas, pegando los alaridos? – va de vereda a vereda, ágil, feliz; parece un chico, uno grande, porque yo soy uno menor que lo mira extasiado - “Al amor hay que inventarlo todos los díaaaaas”, qué maravilla! Y a Solá, con el bolsito, volviendo de la tumba, mirando el piso? – ahora camina lento en medio de la calle - caliente de no poder estar caliente, sabiendo que la Pecoraro no se la había bancado más y no había tutía.
- Qué lo parió, me acuerdo, sí – le digo y sonrío, más para mí que para nadie.
- Intensidades, amigo, de eso hablamos – tapa el nuevo cigarro del continuo viento – pero de eso el mundo no habla más.
- Será la liviandad del ser posmoderno - filosofo y, al instante, me avergüenzo de tan flaco ataque kantiano o hegeliano o uno de esos.
- A algunas boludeces no deberíamos ni ponerle nombre, porque la gente cree que sólo por eso dejan de serlo, como si etiquetar un frasco hiciera que tenga algo adentro, en una de esas dice pedo de mono africano y es un frasco vacío – pita largo, gira y vuelve a girar – además, liviandad las pelotas, vos te acordás los dos globos que pela la Toscano contra la columna? Intensidades, mi viejo, la posmodernidad que se siga babeando con los cuarenta kilos de Kate Moss. Se lo pierden.
Me río, lo saludo, me quedo, me dice.
Es obvio que de aquí uno se aleja por el medio de la calle o no se va nada.
En tanto, el gris del cielo de a poco se vuelve negro y de a poco se vuelve noche, mientras los árboles se sacuden, de repente, por algún ventarrón aunque no sé, porque a lo lejos escucho tronar un si yo te quiero, turra mía, y se mueven otra vez y qué sé yo quien fue y para mí que fue el polaco.
leandro pecora / jun 2008

3 comentarios:
Bello Bello Bello... de esos relatos que transportan...
Muy lindo blog, de esos que dan ganas de ir para atrás a ver qué había antes (me encantó marta, el aire, el silencio, los colores, y ya leeré más). Si me disculpás la metáfora banal, una perlita.
Lindo relato Chicho !!! Grandes el Pino y el Polaco !!
HUGO
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