paparulo

claro que no fui el único cuando entramos, todos la miramos a la rubia, por supuesto, entre que había menos minas que en un torneo de full contact y lo buena que estaba pero, claro, siempre hay un paparulo al lado que cuando uno llega a una reunión se pregunta si es algo más que un paparulo, pegado a la flaca, el paparulo éste, adulándola, a sonrisita limpia, de pelotudón nomás, como uno tantas veces tantas minas y a los dos minutos uno empieza a hacerse el otario y a seguir con la vista cada pequeño gesto del paparulo, cada miradita, cada resultado de sus jueguitos en la cara de la rubia, porque hay cara de rubia a hermano, a novio de amiga, a ex, a en dos horas te como como a un agnolotti, intentando encontrar esa virtual hoja de ruta que uno mismo escribe si estamos acompañados, cuando a una reunión entra una horda de machos hambrientos de cualquier cosa parecida a una mujer y la rubia se parecía, claro, y con qué calificaciones, para que se sepa bien rotundamente y a la vez sutil, para no hacerla sentir una mercancía, que no está disponible, que ya ha optado por nosotros, que en este caso vendría a ser por él, que vendría a ser por el paparulo; de la nada, entonces, el paparulo amaga una manito en los hombros o un enigmático cuchicheo en la oreja o un como en lo de Pato, te acordás? fuerte, para que se oiga, el paparulo, que nada dice pero nos descalifica, como gordo en welter junior, todo lo que justamente el paparulo hizo para mostrarnos que las cosas eran así y no había vuelta, que sigamos solos con el vino, que la rubia el suyo lo toma con él.
Infinidad de cuestiones se debaten en ese trascendental momento de la noche, primero la notoria arbitrariedad que socava nuestro entendimiento, porqué ese paparulo y no yo, uno se interroga tristemente al ver la patética imagen de cuidacoches que tiene el paparulo ése, la evidente mendicidad que practica por módica paga, quisiera uno creer que.
Y allí, justamente, radica un intríngulis demoledor: uno casi quisiera ser ese pobre tipo, ese paparulo que se aguanta terrible meo o toma powerade citrus para no ir a buscar tinto, por no pararse nomás, de lo cartera que sabe que obviamente sería si dejara su preciada ubicación; casi desearía uno ser el paparulo ése que se ufana por contribuir a la conversación que la rubia lleva sobre la última de woody allen, las arrugas que hasta él le ve a la Roberts o el misterioso fin de la hermosa pareja que hacían ema y lu.
Se apaga la noche y uno, perdedor obstinado, cada tanto relojea, un poco a la rubia, porque como que no, y otro poco al paparulo que, entonces, suelta su peor personaje, su duende del mal, cuando le agarramos al aire ese cruel bostecito, lento, trabajado, sufrido tantas veces, que nos indica todo o, sobre todo, la puerta de calle, en casi un por qué no se van yendo, negrito, estamos filtrados, mientras, con la derecha, frota y entibia el brazo de la rubia, aclarando que ella se queda, claro, y que todo eso que nos morimos por hacer lo va a hacer él, solito, el paparulo.
Hay varios remates posibles, todos arrancan mirando el espejo del ascensor, acomodándote el pelo; ya abajo, la mayoría continúa desmereciendo a la rubia esa que estaba al lado del flaquito de negro, linda pero medio pelotuda, tira uno, dejame, loco, no paraba de hablar, dice otro, sin que haya uno que, en silencio, no imagine lo bien que la debe estar pasando el paparulo, sin más certezas que las nulas chances que tuvo nadie de pelearle algo a alguien que es capaz de encontrarle arrugas hasta a Julia Roberts.
leandro pecora / jun 2008

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermosa descripción de una noche de "perdedor" de esas que todos tuvimos alguna vez. Me hace bien leerte. HUGO