- Te das cuenta? Acabamos de pasar por una de las puertas del Universo y casi ni cuenta nos dimos, no hubo una mueca o un gestito, nada. Tampoco se encendieron luces, ni carteles gigantes, menos inciensos o azufres. Como si hubiéramos pasado por un puerta nomás, eh? Qué maravilla más grande.
Instantáneamente miro para atrás, como harían cien tipos de cien tipos. Nada, el palo amarillo de un semáforo, dos taxis a los bocinazos y una morocha apretando el celular como si fuera la bolsa o la vida. Nada.
- Ubíqueme – le digo.
Sonríe, claro. Saborea la risa como el nogal las uvas y me regala ese segundo vital en donde su caballerosidad dona un último intento, un no morir aún. Allí muestra que, en realidad, no juega por nada, que sabe que ganar es solamente que ganemos los dos.
Reacciono ni sé de donde - ahí vivía Borges – suelto, excitado, como si hubiera golpeado el timbre en el concurso de la tele – Espere, volvamos – giro y pido, sintiendo esfumarse los dos pasajes a buzios.
- Es una puerta, no te digo? Y si logramos franquearla, cosa rara, no nos engañemos, seguro viene un hall, un par de ascensores, la cara de dueño del encargado, dos macetas. Para qué.
Ya trepamos las largas escalinatas de Plaza San Martín.
La frondosa arboleda descansa los ojos de tanta cuadrícula gris, el humo rueda con la brisa pero se queda y las aves giran y giran, enceguecidas, mientras algunos oficinistas abren sus tapers con la esperanza de no encontrar atún; el Kavanagh, más allá, parece un barco fondeado, aunque muchos creen que, en realidad, siempre está a punto de zarpar y por eso los ricos en sus camarotes se niegan a descender. Le cuento la historieta, parece más a gusto que nunca.
- Una autopista del sur para arriba! Qué cosa más apropiada! – enciende un cigarrillo pero de lo contento parecen dos – lo interesante es pensar en cuantas cosas habrán sucedido allí solamente por no zarpar.
- Cuántas cosas no hubieran pasado si no se detenían los autos en el embotellamiento – hilo, sorprendiéndome de tan acertado punto arroz.
- Ecole! – se alegra - por días, meses, años y bajo las circunstancias que sean, el hombre sigue siendo, es decir, generando y haciendo, donde y lo que sea, ramita tras ramita, y si encuentra patria, física, mental, cultural, social, ocurre como las termitas y sus cuevas de
dos metros – pita, casi pidiendo aire, casi pidiendo letra – allí es cuando explota, se incendia, se trasciende. Lamentablemente, luego suelen llegar las palmas y los abrazos, los cálculos y las estrategias, los libros y las musas y las explicaciones, descripciones de descripciones, los cuadros y sus ismos y cuéntenos porqué el azul, las máquinas y sus fórmulas, las clasificaciones, más ismos y comparaciones – se ríe pero se enoja pero se ríe – y los brindis, como que no!, diplomas y medallas, que viva el doctor, bustos y renombre, fama y panza, gloria y loor, ciudades y rascacielos y hasta aparece uno con el museo del chicle; todo ese residuo de la gran construcción inicial cuyo combustible casi nadie recuerda, toda esa gran cueva pero ya vacía, pero ya sin vida. La honra sin par, como que se sopla el caracúReconozco que seguirlo es más difícil que pegar el veintisiete en nacional y provincia, pero mucho más interesante; de cualquier forma, lo fácil con él es algo a lo que no vengo.
- Le parece que cabe la palabra patria? No sé… – me hago el escéptico de ceño fruncido, aunque sé que no hablé yo, sino el águila guerrera que parece que bajó, de tan alta en el cielo, a dictarme y, de paso, decirme puto al oído.
- No, pensada en escarapelas y cabral soldado heroico – aunque esperaba el cachetazo de mano abierta, no llega – me refiero a la patria como borde, como marco, como límite. Como todo lo que es la patria.
Termina el pucho, lo pisotea y ya me mira calmado, pero bien fiero a los ojos.
Siento que el tiempo se detiene un instante, poco, mínimo, pero con una intensidad que no tolera mensuras, que no quiere que la digan, y que todo ese no saber que recién decía ya sabe.
De vuelta, entonces, la sensación incontrolable, venida de no sé donde.
- Como si fuera una lupa. – afirmo, pensando en el sol.
Sonríe, lento, claro, otra vez. Saborea la risa como el nogal las nueces, mientras pierde la vista en la vereda de enfrente, se para y me dice vamos.
Las aves y la brisa siguen con lo suyo, los oficinistas ya cerraron los tapers y volvieron a sus escritorios, donde ahora comentan las maravillas del atún.
- Y sin patria, sin borde, sin límites – me aventuro sin mochila por revelaciones de varios días – si no existiera nada de eso, habría de lo otro?
- Habría que pensarlo, no sé – me deja de mirar y se pierde en el tránsito en busca de un taxi que ya detiene con una seña – lo que sí sé es que, tal vez, a la libertad absoluta poco le importen los infiernos del Dante, el motor de Ford, el cubismo, ser Monzón, los veinte tomos de la Británica; tal vez ser libre sea no necesitar nada de todo eso. Lo saludo, más sería gula. – y se ríe y se va.
Pocas veces me he sentido así, reconozco, parado junto a un árbol; la evidente sensación de habernos ido bien lejos se contrapone nítidamente con los doscientos metros recorridos, aunque tal vez sean condición uno del otro y en todo este tiempo no hayamos hecho otra cosa que atravesar esa puerta.
leandro pecora / ago 2008

2 comentarios:
...He pasado a devolverte la visita... y me he llevado una agradabilísima sorpresa!!
No cierres del todo la puerta, porque tengo la intención de volver!
Saludos mediterráneos!
Qué alegría ver que ha regresado, y con semejante aguafuerte! No deje de recorrer Buenos Aires con ese envidiable compañero de caminatas. Esta bella, bienamada, malquerida, bienpagada y claroscura ciudad se merece a sus marechales, sus arlts y sus pecoras. Cariños.
Publicar un comentario en la entrada