Yo caminaba sin demasiado destino, pocho, en cambio, pachorro en su vereda, evidentemente a la espera de eso que encontró en mí, cuando, al pasar, le hice un gesto, no recuerdo cual pero sí con qué ánimo, un algo bien de corazón que el tipo atajó al aire como si fueran dos presas de pollo.
Entonces, hambriento de eso pareciera, el pichichus se paró y se me vino.
Era lindo, pocho, flaco, negro atorrante y barbita blanca de sabio pichón, pura voltereta al aire y beso y patita. Jodimos juntos cuánto?, metros nomás, tan cortos como suficientes para que pocho los decidiera justos para comenzar su persecución; allí fue que noté que tenía de todo menos dudas: lo único que quería era estar conmigo. Le pegué dos, tres gritos de basta, rajá, loco, y pocho que reculaba pero de mentiras, sabedor de que, al seguir por donde siguiése, él continuaría mi dirección.
A veces giraba de golpe al escuchar sus pasos, cada vez más tenues, porque él sabía cuánto me costaba mandarlo a cagar, y se tiraba a descansar impávido, observando los pocos autos y dramatizando un bostezo hacia otros lados, pero yo también sabía cuanto le costaba a él toda esa farsa, todo ése no te estoy siguiendo, seguí con lo tuyo, tan así en la cara, tan así de cruel, de indiferente.
Entonces, convinimos tácitamente no mirarnos más, mientras yo seguía andando y pocho, una cuadra, una cuadra y media atrás, también, claro. Anduvimos hasta la plaza así, queriéndonos a la distancia, juntos separados, y giramos en el asfalto a la derecha, donde el camino se volvía sinuoso, caprichoso.
Cierto es que donde dormía no había lugar para pocho pero también que pensar en eso es siempre posterior, demasiado racional para los besos y las patitas de las que hablábamos; rezaba, por lo bajo, que desapareciera y no me siguiera más, sobre todo pensando en una puerta contra su hocico y, aún más, cuando empezaron a aparecer los perros de cada cuadra, patrones de veredas que pocho sólo pisaba por culpa o amor o lo que sea mío. Yo no miraba para atrás, pero los ladridos amenazadores del resto de la perruna daban cuenta que no estaba solo y que un igual a ellos los invadía tras de mí.
Las amenazas se sucedieron hasta que, de la nada, apareció uno grandote con cara de puntero de barrio, que pasó sin mirarme y decidió, evidentemente, reprimir con violencia al invasor.
Me hice el tonto, cosa que noté lo poco que cuesta cuando se trata de ser querido, pero fue caro; primero el monstruo ése gruñó, luego apuró las patas, más tarde se le fue al humo a alguien que me quería tanto como para jugarse la patriada.
Escuché la lucha desigual sin voltearme, pidiendo por favor que acabe, los ruidos sordos, como quien la tele mientras la ducha, cerrando los ojos como si fueran oídos, sabiendo que el grandote seguro mordía y pocho seguro cobraba. Luego, no importó más la distancia y, entre sollozos de cachorro, noté que pocho ya andaba a mi derecha, cojeando de la izquierda, entre lagrimitas de pibe que lo fajaron.
Ya no me miraba ni me seguía, ahora miraba al frente, casi dando una lección de qué cosa es querer, entendí, dejándome ir, porque a través mío había conseguido eso de jugársela por algo, por alguien, mientras yo, al cerrar la puerta y verlo enfrente sentado al sol como un rey, atiné patéticamente a sentir lástima por él, que ya no lloraba ni se encerraba con llaves, con la tranquilidad de quien paga el precio y no se queda con nada dentro, distinto a ese tipo que, un par de horas más tarde, sale a verlo tontamente y pocho vaya a saber uno de quien ya se estaba enamorando y andaba detrás.
leandro pecora / dic 08

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada