gravedad

tal vez alguien sopló algún charco y, de pronto, nos desparramó en gotitas contra algún vidrio, sucio o no, y allí andamos, hace tanto pero cada vez más abajo, resbalando y cagados en las patas, chirriando las uñas vanas estas gordas gotas, estas gotas flacas, puntitos y gotones, cada una creyendo ser la más o la menos de algo, como si fueran distintas, y están las muy limpias y las otras, las que buscan hijos y las que encuentran padre, las que tardan chiquitinas y las que necesitan engordarse de otras para sentir que son, las que dictan cátedra y las que anotan todo, y entonces la graciosa carrera inventa caminitos, caminitos que cada tanto agrupan como forma de, aunque inútiles senderos, hilos de agua nomás, muchedumbres magnéticas en fila india creyendo ir a otro lado que ése de ahí enfrente que está totalmente equivocado en su adonde va, desentendiendo que resbalan lo mismo y caen igual, por atracción o repulsión, diferenciados de miedo, distanciados del cagazo, política, ciencia, religión, colores, banderas, escudos, ideologías, mediocres determinismos y teorías infalibles, con asado va tinto, los franceses son buenos en la cama, qué cosa es música y qué cosa no.
Gotas de agüita nada, cayendo lentamente a un mismo lado tierra, origen, cuenco matriz y descanso del guerrero que seguro no hizo todo porque, sino, no caería otra vez, porque ese ir es justo su error, su volver, y termina y se junta y amontona en otro charco y en alguien que vuelve a soplar y a soplarnos y a reinventar y empezar todo esto de nuevo cada vez.
La mayor ambición siempre será no ambicionar nada; dejar que el rey sol siempre ahí nos queme la punta de los pies y se cuele intravenoso, prendiéndonos fuego, hirviéndonos de lo lindo, para, entonces, empezar a trascender nuestra humanidad de gota gorda y zonza que no aprende nada y cae y cae, desapegándonos, alivianándonos, saliéndonos en silencio de sus autoreferenciados bordes como espejos, de la melosa y aburrida y redondita telaraña de sus límites, yo no paso el coliflor, tauro entonces cabezón, tan protectores y calentitos y cárceles como placentas, para que, de repente, arranque un viaje que no conoce frenar, por más que coros de vos-sos-gota, vos-sos-gota, vos-sos-gota intenten un tironeo de nene que quiere autito cuando no hay plata, volviéndonos, de pronto y maravillosamente, aire y, como escritor que dice basta y no rompe más hojas y deja partir lo suyo, empezar a subir, hacernos volar, volvernos ese aire que sopla, suelto, loco y solo, reidor eterno, uno en todo casi sin ser nada, como decir brisa o vientito o huracán.
leandro pecora / abr 09

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado leandro.
No tengo mucha idea de esto de escribir es algo que vengo pensándolo y algo que estoy decidida a sacar afuera.
Simplemente te quiero contar que tu relato gravedad me impactó muchísimo.... algo de esto quiero hacer... me encanta tu narrativa.
Tenés alguna idea de donde puedo empezar? un taller literario que me acompañe en todo esto?.
Saludos y gracias
maria julia

leandro dijo...

Muchas gracias por el mensaje, Maria Julia, aunque no sé como ayudarte!
Será leyendo gente linda, como quien come rico?
Será afinando la vista y yendo por donde brilla, como quien pasea con tiempo?

O escribiendo y listo, bien, mal, excelente, para uno, para todos, para amores, para amigos.
Para dormir en paz.
Un beso grande.
leandro

Carol Bret dijo...

Bravo, Leandro.