espejito espejito

hablábamos de cualquier cosa, de esas obligadas cosas que nos sobran a todos hace años, y fue como cortar tanto lugar común y querer meternos en otro, algo más humilde, chiquito, menos pretencioso, más carne, más hueso, o como no querer guardarlo más, verónica, qué linda que estás, suelto así, leve como una maravilla, al aire como un pajarito, y la linda que se queda quieta como si le hubieran apretado pause, pero no porque nunca lo haya escuchado, no, aburrida debe estar la linda de que le digan lo linda que está, pero debe haber sido el tono o el calor o la sinceridad o todo eso junto, no haber querido decir en ese momento otra cosa más en la vida y que se note tanto que, al toque, muerde el labio de abajo y ríe y gira y se encolora toda y le explota la cara de cosas, chocha ella y su lindez, como cuando uno da la mano todo, poniéndole justo eso que le sirve al otro, y el otro que lo percibe y también apreta y ofrece, intentando lo mismo, sin importar quien fue que arrancó la cosa primero, el huevo o la gallina, total para qué, lo mismo fundiéndonos, aunque se trate sólo de un apretón de manos o un qué linda que estás que, entre nosotros, podría decir o dar cualquiera, y uno que, al dejar ir eso que tan buenamente nos llena y colma al instante se vuelve a llenar, como que alguien nos sirva de lo que tomamos, en un gracias que deberíamos dar en vez de recibir, por dejarnos ver, por dejarnos ser, porque vos no sabés lo lindo que me puse de haberle dicho a la linda lo linda que estaba.
leandro pecora / oct 09

gravedad

tal vez alguien sopló algún charco y, de pronto, nos desparramó en gotitas contra algún vidrio, sucio o no, y allí andamos, hace tanto pero cada vez más abajo, resbalando y cagados en las patas, chirriando las uñas vanas estas gordas gotas, estas gotas flacas, puntitos y gotones, cada una creyendo ser la más o la menos de algo, como si fueran distintas, y están las muy limpias y las otras, las que buscan hijos y las que encuentran padre, las que tardan chiquitinas y las que necesitan engordarse de otras para sentir que son, las que dictan cátedra y las que anotan todo, y entonces la graciosa carrera inventa caminitos, caminitos que cada tanto agrupan como forma de, aunque inútiles senderos, hilos de agua nomás, muchedumbres magnéticas en fila india creyendo ir a otro lado que ése de ahí enfrente que está totalmente equivocado en su adonde va, desentendiendo que resbalan lo mismo y caen igual, por atracción o repulsión, diferenciados de miedo, distanciados del cagazo, política, ciencia, religión, colores, banderas, escudos, ideologías, mediocres determinismos y teorías infalibles, con asado va tinto, los franceses son buenos en la cama, qué cosa es música y qué cosa no.
Gotas de agüita nada, cayendo lentamente a un mismo lado tierra, origen, cuenco matriz y descanso del guerrero que seguro no hizo todo porque, sino, no caería otra vez, porque ese ir es justo su error, su volver, y termina y se junta y amontona en otro charco y en alguien que vuelve a soplar y a soplarnos y a reinventar y empezar todo esto de nuevo cada vez.
La mayor ambición siempre será no ambicionar nada; dejar que el rey sol siempre ahí nos queme la punta de los pies y se cuele intravenoso, prendiéndonos fuego, hirviéndonos de lo lindo, para, entonces, empezar a trascender nuestra humanidad de gota gorda y zonza que no aprende nada y cae y cae, desapegándonos, alivianándonos, saliéndonos en silencio de sus autoreferenciados bordes como espejos, de la melosa y aburrida y redondita telaraña de sus límites, yo no paso el coliflor, tauro entonces cabezón, tan protectores y calentitos y cárceles como placentas, para que, de repente, arranque un viaje que no conoce frenar, por más que coros de vos-sos-gota, vos-sos-gota, vos-sos-gota intenten un tironeo de nene que quiere autito cuando no hay plata, volviéndonos, de pronto y maravillosamente, aire y, como escritor que dice basta y no rompe más hojas y deja partir lo suyo, empezar a subir, hacernos volar, volvernos ese aire que sopla, suelto, loco y solo, reidor eterno, uno en todo casi sin ser nada, como decir brisa o vientito o huracán.
leandro pecora / abr 09

pensatina / 01

con qué ánimos y porqués será que lo hace y quién será éste que la mira a la nena hacer lo que se le antoja con esas tijeras y esos papeles? Sin embargo, allí ella, lo mismo absorta que risueña, o triste o encantada, pero siempre entretenidísima, con sus cachivaches pegoteos, sus “mi querer caca”, para luego, entonces, tan impetuosa y raramente nosotros quererla, a la caca, inventando y desinventando frases así para luego realidades asá, editora naif pero arquitecta total, será cosa de ver qué es lo que uno le tira a esta enfermita tan simpática o que deje de? alguna vez dejará de? porque alguna vez realmente deja de? o no será que sólo corta, une, pega y ya, lo que se le tire, en un circular y vicioso copypaste, bien de maquinita sencilla, bien de autito siempre adelante?
Estará, en cambio, que siga o que deje, ligado, justamente a lo que uno le tira, a su calidad, a su cantidad, a su tenor, a su rigidez, a su seriedad? Y así, si no tomáramos tan en serio nuestras afirmaciones, nuestros juicios, si concluyéramos menos, si dejáramos de tomar como universal la arbitraria parcialidad de lo que recibimos a través de nuestros sentidos, si no les creyéramos tanto, en definitiva, no sería ya papel mojado lo que a la nena y sus tijeras editoras, o ladrillos secos a la pequeña arquitecta y, entonces, por fin, la editora, la arquitecta, de vuelta nena simpática?
O no sabemos, en la piel, en lo no tangible, que si uno no le tirase “mi”, “querer”, “caca”, no podría nunca armar la frase sola ni tendría motivos para hacerlo o que para qué tirarle a que pegue un “te quiero” que no sabe ni comprende si ya se quiere, en la piel, en lo no tangible, porque qué nos tiene que decir la nena que no sepamos?
Y quién será éste que la mira a la nena?
leandro pecora / abr 09

dosmilnueve

hermosa pero para qué la disyuntiva de olerlo o fabricarlo, la de irlo armando como un rastri o intuirlo apenas, a tientas pero sabiendo, como un nene la pieza donde los chiches, si se pueden las dos cosas, huevo frito y papas fritas, y, entonces, la libertad, mujer de mil piernas, descubierta como estado original, como cosa siempre ahí, esperando a que te animes, porque besa mucho y besa bien, porque nada pide y todo da, porque luego de ella adonde vas con tus izquierdas y tus derechas, tus límites y tu poca cosa, tus líneas de puntos y tus banderas de mano al corazón, porque luego de ella, más ella; dosmilnueve, que mirás como taxista que llegó a la esquina, cada vez somos más los que sabemos que vas a ser el mejor año de nuestras vidas porque no vamos a hacer otra cosa que intentarlo y ahí todo el asunto, jugándonosla tan alegremente.
leandro pecora / dic 08

perro pocho

pocho le puse después, cuando uno denomina qué sé yo para qué, cuando uno concluye qué sé yo con qué fin, en ese momento petiso de ir a clavarle puntitos a íes que han hecho cosas mejores que quedarse a esperar que uno le ponga puntos.
Yo caminaba sin demasiado destino, pocho, en cambio, pachorro en su vereda, evidentemente a la espera de eso que encontró en mí, cuando, al pasar, le hice un gesto, no recuerdo cual pero sí con qué ánimo, un algo bien de corazón que el tipo atajó al aire como si fueran dos presas de pollo.
Entonces, hambriento de eso pareciera, el pichichus se paró y se me vino.
Era lindo, pocho, flaco, negro atorrante y barbita blanca de sabio pichón, pura voltereta al aire y beso y patita. Jodimos juntos cuánto?, metros nomás, tan cortos como suficientes para que pocho los decidiera justos para comenzar su persecución; allí fue que noté que tenía de todo menos dudas: lo único que quería era estar conmigo. Le pegué dos, tres gritos de basta, rajá, loco, y pocho que reculaba pero de mentiras, sabedor de que, al seguir por donde siguiése, él continuaría mi dirección.
A veces giraba de golpe al escuchar sus pasos, cada vez más tenues, porque él sabía cuánto me costaba mandarlo a cagar, y se tiraba a descansar impávido, observando los pocos autos y dramatizando un bostezo hacia otros lados, pero yo también sabía cuanto le costaba a él toda esa farsa, todo ése no te estoy siguiendo, seguí con lo tuyo, tan así en la cara, tan así de cruel, de indiferente.
Entonces, convinimos tácitamente no mirarnos más, mientras yo seguía andando y pocho, una cuadra, una cuadra y media atrás, también, claro. Anduvimos hasta la plaza así, queriéndonos a la distancia, juntos separados, y giramos en el asfalto a la derecha, donde el camino se volvía sinuoso, caprichoso.
Cierto es que donde dormía no había lugar para pocho pero también que pensar en eso es siempre posterior, demasiado racional para los besos y las patitas de las que hablábamos; rezaba, por lo bajo, que desapareciera y no me siguiera más, sobre todo pensando en una puerta contra su hocico y, aún más, cuando empezaron a aparecer los perros de cada cuadra, patrones de veredas que pocho sólo pisaba por culpa o amor o lo que sea mío. Yo no miraba para atrás, pero los ladridos amenazadores del resto de la perruna daban cuenta que no estaba solo y que un igual a ellos los invadía tras de mí.
Las amenazas se sucedieron hasta que, de la nada, apareció uno grandote con cara de puntero de barrio, que pasó sin mirarme y decidió, evidentemente, reprimir con violencia al invasor.
Me hice el tonto, cosa que noté lo poco que cuesta cuando se trata de ser querido, pero fue caro; primero el monstruo ése gruñó, luego apuró las patas, más tarde se le fue al humo a alguien que me quería tanto como para jugarse la patriada.
Escuché la lucha desigual sin voltearme, pidiendo por favor que acabe, los ruidos sordos, como quien la tele mientras la ducha, cerrando los ojos como si fueran oídos, sabiendo que el grandote seguro mordía y pocho seguro cobraba. Luego, no importó más la distancia y, entre sollozos de cachorro, noté que pocho ya andaba a mi derecha, cojeando de la izquierda, entre lagrimitas de pibe que lo fajaron.
Ya no me miraba ni me seguía, ahora miraba al frente, casi dando una lección de qué cosa es querer, entendí, dejándome ir, porque a través mío había conseguido eso de jugársela por algo, por alguien, mientras yo, al cerrar la puerta y verlo enfrente sentado al sol como un rey, atiné patéticamente a sentir lástima por él, que ya no lloraba ni se encerraba con llaves, con la tranquilidad de quien paga el precio y no se queda con nada dentro, distinto a ese tipo que, un par de horas más tarde, sale a verlo tontamente y pocho vaya a saber uno de quien ya se estaba enamorando y andaba detrás.
leandro pecora / dic 08

el aire

como que ya se cae pero sin embargo no, no se cae nada, se queda, se mantiene, en la puntita de algún pie o en ese poco soplido que lo sostiene se mantiene, raramente se equilibra, y sí, es un segundo, nomás, lo que dure esa magia etérea que hace que el castillo sea castillo y los naipes sus ladrillos mejores, bloques y mamposterías infinitas, mientras ya no necesito pruebas de que hay algo en mis manos que de cerca es argamasa y de lejos pico destructor, maravilloso acertijo de distancias buenas y malas, de algún calor y frío míos con el que las brasas se convierten en fuego o en piedras, como vos en una porquería o un estallido de flores, mientras ya es ruego que no suene el timbre y me lo tire a mi castillo, de tan paradito que está que es un gusto, si casi uno quisiera vivir ahí dentro, si está hecho de un montón de sutilezas en equilibrio, con lo que cuesta, aunque nada, en realidad, si los ladrillos soy yo, si la argamasa es toda mía o me la presta alguien que me dice tomá, tomá.
leandro pecora / set 08

aguafuertes / 04

Maipú bien abajo, poco antes de los cañones y la plaza.
- Te das cuenta? Acabamos de pasar por una de las puertas del Universo y casi ni cuenta nos dimos, no hubo una mueca o un gestito, nada. Tampoco se encendieron luces, ni carteles gigantes, menos inciensos o azufres. Como si hubiéramos pasado por un puerta nomás, eh? Qué maravilla más grande.
Instantáneamente miro para atrás, como harían cien tipos de cien tipos. Nada, el palo amarillo de un semáforo, dos taxis a los bocinazos y una morocha apretando el celular como si fuera la bolsa o la vida. Nada.
- Ubíqueme – le digo.
Sonríe, claro. Saborea la risa como el nogal las uvas y me regala ese segundo vital en donde su caballerosidad dona un último intento, un no morir aún. Allí muestra que, en realidad, no juega por nada, que sabe que ganar es solamente que ganemos los dos.
Reacciono ni sé de donde - ahí vivía Borges – suelto, excitado, como si hubiera golpeado el timbre en el concurso de la tele – Espere, volvamos – giro y pido, sintiendo esfumarse los dos pasajes a buzios.
- Es una puerta, no te digo? Y si logramos franquearla, cosa rara, no nos engañemos, seguro viene un hall, un par de ascensores, la cara de dueño del encargado, dos macetas. Para qué.
Ya trepamos las largas escalinatas de Plaza San Martín.
La frondosa arboleda descansa los ojos de tanta cuadrícula gris, el humo rueda con la brisa pero se queda y las aves giran y giran, enceguecidas, mientras algunos oficinistas abren sus tapers con la esperanza de no encontrar atún; el Kavanagh, más allá, parece un barco fondeado, aunque muchos creen que, en realidad, siempre está a punto de zarpar y por eso los ricos en sus camarotes se niegan a descender. Le cuento la historieta, parece más a gusto que nunca.
- Una autopista del sur para arriba! Qué cosa más apropiada! – enciende un cigarrillo pero de lo contento parecen dos – lo interesante es pensar en cuantas cosas habrán sucedido allí solamente por no zarpar.
- Cuántas cosas no hubieran pasado si no se detenían los autos en el embotellamiento – hilo, sorprendiéndome de tan acertado punto arroz.
- Ecole! – se alegra - por días, meses, años y bajo las circunstancias que sean, el hombre sigue siendo, es decir, generando y haciendo, donde y lo que sea, ramita tras ramita, y si encuentra patria, física, mental, cultural, social, ocurre como las termitas y sus cuevas de dos metros – pita, casi pidiendo aire, casi pidiendo letra – allí es cuando explota, se incendia, se trasciende. Lamentablemente, luego suelen llegar las palmas y los abrazos, los cálculos y las estrategias, los libros y las musas y las explicaciones, descripciones de descripciones, los cuadros y sus ismos y cuéntenos porqué el azul, las máquinas y sus fórmulas, las clasificaciones, más ismos y comparaciones – se ríe pero se enoja pero se ríe – y los brindis, como que no!, diplomas y medallas, que viva el doctor, bustos y renombre, fama y panza, gloria y loor, ciudades y rascacielos y hasta aparece uno con el museo del chicle; todo ese residuo de la gran construcción inicial cuyo combustible casi nadie recuerda, toda esa gran cueva pero ya vacía, pero ya sin vida. La honra sin par, como que se sopla el caracú
Reconozco que seguirlo es más difícil que pegar el veintisiete en nacional y provincia, pero mucho más interesante; de cualquier forma, lo fácil con él es algo a lo que no vengo.
- Le parece que cabe la palabra patria? No sé… – me hago el escéptico de ceño fruncido, aunque sé que no hablé yo, sino el águila guerrera que parece que bajó, de tan alta en el cielo, a dictarme y, de paso, decirme puto al oído.
- No, pensada en escarapelas y cabral soldado heroico – aunque esperaba el cachetazo de mano abierta, no llega – me refiero a la patria como borde, como marco, como límite. Como todo lo que es la patria.
Termina el pucho, lo pisotea y ya me mira calmado, pero bien fiero a los ojos.
Siento que el tiempo se detiene un instante, poco, mínimo, pero con una intensidad que no tolera mensuras, que no quiere que la digan, y que todo ese no saber que recién decía ya sabe.
De vuelta, entonces, la sensación incontrolable, venida de no sé donde.
- Como si fuera una lupa. – afirmo, pensando en el sol.
Sonríe, lento, claro, otra vez. Saborea la risa como el nogal las nueces, mientras pierde la vista en la vereda de enfrente, se para y me dice vamos.
Las aves y la brisa siguen con lo suyo, los oficinistas ya cerraron los tapers y volvieron a sus escritorios, donde ahora comentan las maravillas del atún.
- Y sin patria, sin borde, sin límites – me aventuro sin mochila por revelaciones de varios días – si no existiera nada de eso, habría de lo otro?
- Habría que pensarlo, no sé – me deja de mirar y se pierde en el tránsito en busca de un taxi que ya detiene con una seña – lo que sí sé es que, tal vez, a la libertad absoluta poco le importen los infiernos del Dante, el motor de Ford, el cubismo, ser Monzón, los veinte tomos de la Británica; tal vez ser libre sea no necesitar nada de todo eso. Lo saludo, más sería gula. – y se ríe y se va.
Pocas veces me he sentido así, reconozco, parado junto a un árbol; la evidente sensación de habernos ido bien lejos se contrapone nítidamente con los doscientos metros recorridos, aunque tal vez sean condición uno del otro y en todo este tiempo no hayamos hecho otra cosa que atravesar esa puerta.
leandro pecora / ago 2008

sobre la duración de lo dulce

la lengua sabe a qué sabe y que es un rato y que allí está todo, el tiempo que dura ese dulce de leche paseando la boca que es un gusto, llevando lo suyo a cada rincón; sin embargo, la cabeza saca la foto: esto es lo dulce, dice, encorsetando una maravilla en palabras, y vas con un trago de coca y si no hay gente escupís, como tomar querosén, eso mismo que cualquier día a cualquier hora te empalaga de tan dulce y pegote y caramelo ahora es cambá, un amargura hecha y derecha; subversiva y bien bajito, entonces, gana la idea de que el rojo no es tan rojo o es un poco rojo, relativamente o, mejor dicho, en relación a otra cosa que lo mida y lo termine de construir, lo mismo que ser alto, beige, gordo, de izquierda, caliente, bueno, millonario, un poco por sí y otro poco por el otro que nos completa la oración, necesitándolo ardiente, imperiosamente, si es que nos gustan las fotos del mar en vez del mar.
leandro pecora / jul 2008

paparulo

claro que no fui el único cuando entramos, todos la miramos a la rubia, por supuesto, entre que había menos minas que en un torneo de full contact y lo buena que estaba pero, claro, siempre hay un paparulo al lado que cuando uno llega a una reunión se pregunta si es algo más que un paparulo, pegado a la flaca, el paparulo éste, adulándola, a sonrisita limpia, de pelotudón nomás, como uno tantas veces tantas minas y a los dos minutos uno empieza a hacerse el otario y a seguir con la vista cada pequeño gesto del paparulo, cada miradita, cada resultado de sus jueguitos en la cara de la rubia, porque hay cara de rubia a hermano, a novio de amiga, a ex, a en dos horas te como como a un agnolotti, intentando encontrar esa virtual hoja de ruta que uno mismo escribe si estamos acompañados, cuando a una reunión entra una horda de machos hambrientos de cualquier cosa parecida a una mujer y la rubia se parecía, claro, y con qué calificaciones, para que se sepa bien rotundamente y a la vez sutil, para no hacerla sentir una mercancía, que no está disponible, que ya ha optado por nosotros, que en este caso vendría a ser por él, que vendría a ser por el paparulo; de la nada, entonces, el paparulo amaga una manito en los hombros o un enigmático cuchicheo en la oreja o un como en lo de Pato, te acordás? fuerte, para que se oiga, el paparulo, que nada dice pero nos descalifica, como gordo en welter junior, todo lo que justamente el paparulo hizo para mostrarnos que las cosas eran así y no había vuelta, que sigamos solos con el vino, que la rubia el suyo lo toma con él.
Infinidad de cuestiones se debaten en ese trascendental momento de la noche, primero la notoria arbitrariedad que socava nuestro entendimiento, porqué ese paparulo y no yo, uno se interroga tristemente al ver la patética imagen de cuidacoches que tiene el paparulo ése, la evidente mendicidad que practica por módica paga, quisiera uno creer que.
Y allí, justamente, radica un intríngulis demoledor: uno casi quisiera ser ese pobre tipo, ese paparulo que se aguanta terrible meo o toma powerade citrus para no ir a buscar tinto, por no pararse nomás, de lo cartera que sabe que obviamente sería si dejara su preciada ubicación; casi desearía uno ser el paparulo ése que se ufana por contribuir a la conversación que la rubia lleva sobre la última de woody allen, las arrugas que hasta él le ve a la Roberts o el misterioso fin de la hermosa pareja que hacían ema y lu.
Se apaga la noche y uno, perdedor obstinado, cada tanto relojea, un poco a la rubia, porque como que no, y otro poco al paparulo que, entonces, suelta su peor personaje, su duende del mal, cuando le agarramos al aire ese cruel bostecito, lento, trabajado, sufrido tantas veces, que nos indica todo o, sobre todo, la puerta de calle, en casi un por qué no se van yendo, negrito, estamos filtrados, mientras, con la derecha, frota y entibia el brazo de la rubia, aclarando que ella se queda, claro, y que todo eso que nos morimos por hacer lo va a hacer él, solito, el paparulo.
Hay varios remates posibles, todos arrancan mirando el espejo del ascensor, acomodándote el pelo; ya abajo, la mayoría continúa desmereciendo a la rubia esa que estaba al lado del flaquito de negro, linda pero medio pelotuda, tira uno, dejame, loco, no paraba de hablar, dice otro, sin que haya uno que, en silencio, no imagine lo bien que la debe estar pasando el paparulo, sin más certezas que las nulas chances que tuvo nadie de pelearle algo a alguien que es capaz de encontrarle arrugas hasta a Julia Roberts.
leandro pecora / jun 2008